Bielorrusia: cuando las sanciones no tumban una autocracia
El desvío forzoso de un avión por parte de Bielorrusia para arrestar al periodista Roman Protasevich ha provocado indignación en la Unión Europea y de la comunidad internacional. Joe Biden expresó su disgusto en una declaración escrita, mientras que la canciller alemana, Angela Merkel, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, y el presidente del Consejo Europeo, Charles Michel, calificaron el acto de Bielorrusia como un secuestro patrocinado por este Estado. La "última dictadura de Europa" vuelve a estar en la agenda de los problemas de la Unión Europea, cuyas relaciones están pasando por su peor momento.
Por Daniel Laiz
2 de julio de 2021

Bielorrusia: cuando las sanciones no tumban una autocracia

Bielorrusia

  Manifestantes en contra del régimen de Alexandr Lukashenko. Fuente: Jana Shnipelson | Licencia Creative Commons

E l 23 de mayo, el vuelo FR4978 de Ryanair —con origen Atenas y destino Vilna— tuvo que detener su trayecto cuando transitaba por el espacio aéreo de Bielorrusia. Bajo la falsa amenaza de bomba, fue obligado por un avión de combate MIG-29 del ejército de bielorruso a aterrizar en el aeropuerto de Minsk. En ese momento el periodista y activista Román Protasevich, crítico con el régimen de Alexandr Lukashenko, fue arrestado junto con su pareja Sofia Sapega.
 
Las autoridades bielorrusas decidieron detenerlos por su colaboración en las protestas en contra del régimen que han tenido lugar en el último año. Protasevich cofundó Nexta, el canal de Telegram que transmite toda la información relativa a las protestas en Bielorrusia. La semana pasada, las autoridades bielorrusas anunciaron que Protasévich y Sapega están ahora bajo arresto domiciliario.
 
En los días siguientes a este secuestro, el Consejo Europeo condenó firmemente estos hechos y la UE autorizó una ronda de sanciones económicas a esta exrepública soviética. Por ejemplo, se ha prohibido a las aerolíneas comerciales bielorrusas sobrevolar el espacio aéreo de los Estados miembros de la UE. Estas medidas también han sido apoyadas por otros Estados no miembros del Club de los 27, como Albania, Montenegro, Macedonia del Norte (candidatos todos ellos a la adhesión), Islandia, Noruega y Liechtenstein, tal y como anunció Josep Borrell el 21 de junio. El jefe de la diplomacia de la UE celebró este compromiso, del cual las instituciones comunitarias tomarán nota.
 
Estados Unidos, Reino Unido y Canadá tampoco han querido quedarse atrás en esta lucha que incumbe a todo Estado comprometido por los valores democráticos.
 

¿Qué leyes internacionales infringió Bielorrusia?

La Organización de Aviación Civil Internacional (OACI), agencia especializada de la ONU encargada de reglamentar la aviación mundial, no ha sido ajena a este suceso y ha señalado que es «incompatible con las reglas del Derecho Internacional».

Bielorrusia ha vulnerado, a pesar de haberlos ratificado, el Convenio de Chicago de 1944 sobre Aviación Civil Internacional y el Convenio de Montreal de 1971 para la represión de actos ilícitos contra la seguridad de la aviación civil.

El artículo 1 del Convenio de Chicago reconoce la soberanía completa y exclusiva del Estado sobre el espacio aéreo sobre su territorio. Al sobrevolar una nación, las aeronaves civiles están sujetas a su jurisdicción. No obstante, en el artículo 3bis se especifica que «en caso de interceptación, no se debe poner en peligro la vida de las personas a bordo y la seguridad de las aeronaves».

La redirección del avión a un aeropuerto diferente al previsto podría haber hecho peligros la seguridad del vuelo. Este riesgo, sin embargo, debe confirmarse mediante una investigación imparcial, prevista en el artículo 55.

Respecto a la falsa amenaza de bomba alegada por Bielorrusia, el Convenio de Montreal menciona en su artículo 1.1.e) que se comete un delito si, ilegal e intencionalmente, se comunica información falsa que hace peligrar la seguridad de la aeronave.

Además, el artículo 10 recoge que los Estados deben evitar que este tipo de delitos se produzcan. Si, a pesar de ello, se comete la infracción, el Estado debe «facilitar la continuación del viaje de pasajeros y tripulación». Así, a Protasevich y Sapega se les debería haber permitido proseguir hacia Vilna.

Las autoridades bielorrusas han mostrado un nulo respeto por las normas internacionales en este hecho, aparentemente, ilícito. La respuesta del sistema internacional debe ser contundente y efectiva, pues establece un precedente preocupante para otros disidentes.

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  La aeronave de Ryanair SP-RSM (de bandera polaca), la misma que fue desviada el pasado 23 de mayo. Fuente: Andrzej Otrębski | Licencia Creative Commons

La efectividad de las sanciones europeas

Bielorrusia debe enfrentarse a las consecuencias legales correspondientes y proporcionar una reparación completa. Durante los últimos años, han sido varias las ocasiones en las que la UE ha impuesto sanciones a Bielorrusia. Las primeras fueron en 2004 a cuatro personas implicadas en las desapariciones de dos opositores, un empresario y un periodista, en 1999 y 2000.

Posteriormente, se han adoptado más, como un embargo de armas o una congelación de activos. Recientemente, la UE impuso sanciones tras la celebración de las elecciones presidenciales de 2020, que la UE considera fraudulentas, y los numerosos arrestos a manifestantes. En estos comicios, Lukashenko manipuló los resultados y defendió que obtuvo el 80% de los votos.

Con motivo de este secuestro, los 27 han decidido prohibir la venta y suministro a Bielorrusia de tecnología destinada a supervisar o interceptar comunicaciones telefónicas. Además, se ha restringido el acceso a los mercados de capitales y el comercio de productos derivados del petróleo y de bienes empleados para la fabricación de tabaco.

Estas sanciones también han tenido como objetivo a ciertos colaboradores del régimen de Lukashenko. Así, la UE ha incluido al empresario ruso Mikhail Gutseriyev, el mayor inversor extranjero individual en Bielorrusia. Tal es la relación de este magnate que Lukashenko ha asegurado que cambiará el nombre de la ciudad de Lyuban por el de Gutseriyev. De este modo, se está ante la ronda de sanciones más contundente de la historia de desencuentro entre Bielorrusia y la UE.

La respuesta estadounidense

El gobierno estadounidense, que al igual que la UE tampoco reconoce la victoria de Lukashenko, no se ha quedado atrás. En abril de este año la Administración Biden impuso sanciones económicas contra varias empresas de la exrepública soviética y contra 62 individuos acusados de colaborar con la represión, como el secretario de prensa de Lukashenko.

Se observa, pues, que las sanciones son unas medidas frecuentes en la agenda de Occidente, pero su efectividad está en entredicho y, además, no son innovadoras. Por si no fuera poco, estas medidas conllevan la respuesta de Bielorrusia. Ante las últimas disposiciones anunciadas por EE.UU., Lukashenko ha optado por responder con la misma contundencia. Ha decidido disminuir el número de personal diplomático, administrativo y técnico estadounidense en Minsk y endurecer el proceso de entrega de visados bielorrusos.

Además, muchas sanciones que se están imponiendo a Bielorrusia no son un castigo para Lukashenko, sino para la población en su conjunto, tal y como él mismo ha afirmado. El cierre del espacio aéreo de la UE a las aerolíneas de Bielorrusia no afecta a sus autoridades, sino a los ciudadanos que tienen opciones para viajar a Europa. Todas estas sanciones han sido calificadas por el ministerio de Exteriores bielorruso como un arma para «desintegrar y socavar» la soberanía de Bielorrusia. Los esfuerzos no deben concentrarse en la magnitud de las sanciones, sino en poner en marcha acciones que desemboquen en la libertad de los presos políticos y la celebración de unas elecciones libres.

 

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  El presidente bielorruso Alexandr Lukashenko. Fuente: OSCE Parliamentary Assembly | Licencia Creative Commons

¿Qué rumbo deben tomar las relaciones de Occidente con Bielorrusia?

La UE se encuentra en una encrucijada a la hora de establecer una respuesta efectiva frente a un contrincante que no tiene intención de apaciguar las tensiones actuales. Sin embargo, un aspecto positivo que se puede extraer de esta crisis es la unión y coordinación de todos sus Estados miembros.

El mayor problema en esta ecuación es Lukashenko, conocido como el último dictador de Europa. Varios opositores, de hecho, han calificado a Bielorrusia como la Corea del Norte del Viejo Continente. En el historial de Lukashenko hay elecciones amañadas, detenciones arbitrarias y presiones a universidades y organizaciones, entre otros actos que lo convierten en el paradigma de autócrata. Nadie duda que este intento de Lukashenko de reprimir a sus opositores no será el último. Ahora bien, conviene preguntarse si las sanciones mencionadas anteriormente han repercutido en Lukashenko. Todo parece indicar que no. 

Hay una verdad incuestionable: Occidente tiene muy poca influencia económica sobre Minsk. Los lazos comerciales con la UE y Estados Unidos no llegan a la magnitud de lo que supone Rusia en su economía. Mientras el gigante ruso financie y proteja a su hermana pequeña, pocos cambios se producirán.

Además, las tensas relaciones entre la UE y EE. UU. con Rusia no hacen más que dificultar su resolución. El origen del problema se encuentra en el seno de un Estado. No obstante, ha transcendido a la esfera internacional y las potencias occidentales han tomado parte. La UE y EE. UU. deberían cambiar su modus operandi y asimilar que no darán con una solución fácil y perfecta, al menos a corto plazo. Esta respuesta deberá conjugar un apoyo para el pueblo de Bielorrusia, ansioso de libertad y respuestas a sus problemas, con una fina y discreta diplomacia con Moscú que asegure la estabilidad de la zona.