Las claves del centenario conflicto de Japón y Corea
Corea del Sur y Japón son dos de las mayores economías de Asia y podrían ser grandes aliadas, pero siguen coexistiendo en una tensión política y diplomática que se remonta a un siglo atrás. Nos acercamos a las claves que hacen de este conflicto uno de los más importantes para comprender las relaciones internacionales de Asia-Pacífico y el mundo.
Por Susana Matondo
15 de mayo de 2021

Las claves del centenario conflicto de Japón y Corea

Conflicto Japón y Corea

  El expresidente surcoreano Lee Myung-bak y el ex primer ministro japonés Yukio Hatoyama reunidos en la isla Jeju. Fuente: Republic of Korea | Licencia Creative Commons

Imagínate un mundo en el que tu peor enemigo sea también tu mejor aliado en potencia. Este es el conflicto que se le plantea a Japón y Corea desde el siglo pasado. Las controversias de un pasado común y un presente en el que prima la desconfianza hacen de Japón y Corea del Sur un bloque quebradizo, pese al potencial económico, político y sociocultural que tendrían si unieran fuerzas.
 
Ambos países gozan de una buena posición internacional, altos PIB per cápita, y son Estados punteros en alta tecnología e i+D+I. Y eso por no mencionar el potencial de su soft power, al que China no puede hacer competencia. No obstante, la alianza parece una utopía. Para comprender por qué, nos acercamos a las claves que hacen de este conflicto uno de los más longevos e importantes de la región Asia-Pacífico.
 
En 2019, Corea del Sur exportó a Japón 28.42 billones de dólares, mientras que Japón exportó a Corea del Sur 44.65 billones de dólares en 2020 (Trading Economics), siendo el tercer mayor socio comercial del país nipón, solo por detrás de China y Estados Unidos (EE. UU.). Estos datos no serían sorprendentes si no fuera por la tensión política y diplomática que define su relación desde la guerra ruso-japonesa de 1904 y que impide que nazca una unión completa
 

El inicio del nacionalismo anti-japonés

La península de Corea siempre ha sido un territorio estratégico. Lo sabían los japoneses el siglo pasado y lo sabe EE. UU. ahora, con sus 28.500 soldados desplegados allí desde hace décadas. Esto supuso que el Imperio Japonés quisiera utilizarla como campo de batalla contra el Imperio Ruso en 1904. A pesar de que Corea acababa de nombrarse también Imperio, no era rival para el imperio Meiji, y terminaron obligados a firmar un protocolo por el cual aceptaban la intervención de Japón en su territorio para emplearla como campo de batalla.

En septiembre de 1905, el Tratado de Portsmouth pone fin a la guerra ruso-japonesa con la victoria nipona, pero no será lo único que obtenga Japón de esa contienda. Apenas dos meses después, el Imperio de Corea queda despojado de su soberanía diplomática y se convierte oficialmente en su protectorado mediante el Tratado de Eulsa. Dicho Tratado, que hasta 1965 no se declaró oficialmente nulo (mucho después de que la península de Corea quedara dividida por el paralelo 38), solo consiguió la firma de cinco ministros, pues el emperador Gojong de Corea rehusó firmarlo.

Aunque Gojong intentó recabar apoyos de dirigentes europeos y asiáticos, sus esfuerzos diplomáticos fueron en balde. Ante la vergonzosa ausencia de asistencia internacional, Corea no solo se convirtió en un protectorado de forma ilegal, sino que cinco años después terminaría siendo una colonia japonesa. El detonante fue el asesinato del dirigente Hirobumi en 1909 a manos del nacionalista coreano An Jeunggun. Durante la ocupación, tanto al emperador como a su esposa se les perdonó la vida, pero fueron recluidos en su palacio. Esta situación de vasallaje avivó el sentimiento nacionalista anti-japonés que marcaría la historia, política, y sociedad de Corea hasta hoy en día, y determina el conflicto actual con Japón.

Una ocupación traumática

La colonización que duraría 35 años, se inició al final de la restauración Meiji de Japón. Así, muchas de las modernizaciones y avances implementadas allí se trataron de llevar a Corea. La industrialización se convirtió en la justificación de la ocupación mientras las obras las pagaba el pueblo coreano, que se endeudó por las innovaciones japonesas. Sin embargo, eso no fue lo que más marcó al país: los estragos sociales fueron mayores que los económicos.

Según la Universidad de Stanford, casi 725.000 coreanos fueron obligados a trabajar en Japón, Sajalín y las islas del Pacífico Meridional en industrias mineras, de construcción y navales. Los coreanos que pudieron quedarse en la península no recibieron mejor trato. En 1901 Japón inició el reconocimiento de tierras coreanas, y a través de su Ministerio de Finanzas promulgó en 1912 leyes que permitían a los japoneses expropiar a los coreanos. Y no solo fueron privados de sus tierras sino obligados a trabajar en ellas para entregar los beneficios al gobierno japonés, pese a que el pueblo coreano vivía al borde de la inanición.

El trauma de las mujeres de Solaz

Aunque los trabajadores forzosos y sus descendientes tendrían una herida marcada de por vida, posiblemente el tema más candente hasta la actualidad es el de las llamadas «mujeres de Solaz». Otro eufemismo es «mujeres de confort». Ambos se han usado durante décadas para referirse a las esclavas sexuales que tuvo el ejército japonés durante la Segunda Guerra Mundial. Aunque la mayoría de afectadas fueron coreanas no fueron las únicas. «Es un problema que complica las Relaciones Internacionales del país nipón con China, Corea del Norte, Filipinas, Indonesia y también Taiwán » (Norae Magazine, 2019).

Las esclavas sexuales eran niñas. Tenían entre 13 y 19 años, y se estima que alrededor de 200.000 se hacinaban en pequeñas habitaciones para acostarse con más de una decena de soldados japoneses al día. Actualmente, este tema es de una gran sensibilidad para Corea del Sur especialmente, quien ha heredado la lucha de las llamadas ‘halmoni‘ (abuelas). Los vaivenes políticos, disculpas y reparaciones llevan sucediendo desde los años 90, pero mientras para Japón el tema ya debería estar cerrado, para Corea del Sur no se ha hecho suficiente al respecto.

Heridas sin cerrar

Diversos primeros ministros japoneses han reconocido las brutalidades cometidas por sus antepasados y han pedido disculpas públicas. Comenzó Kiichi Miyazawa en 1992, y le siguieron Murayama (1994), Hashimoto (1996) y Koizumi (2001). El anterior primer ministro Shinzo Abe se reunió con la entonces presidenta surcoreana Park Geun-hye en 2015 para acordar 8.7 millones de dólares de indemnización. No obstante, las preguntas siguen tan abiertas como las heridas: ¿es el dinero y una disculpa suficiente para hacer borrón y cuenta nueva, poniendo fin al conflicto entre Japón y Corea? Los coreanos opinan que no.

Lo único que quieren las ‘halmoni‘ es tener voz, que se llame a la historia por su nombre y que se sepa en el mundo para que no vuelva a repetirse. No obstante, sus descendientes y gran parte de la sociedad surcoreana consideran que Japón debería hacer más. Pero, ¿qué ha hecho hasta ahora? Además de las reiteradas disculpas y el reconocimiento de los errores, en 1965 Japón se comprometió a pagar en préstamos como compensación por los costes y sufrimientos de la guerra.

También se han llevado a cabo operaciones para devolver las tierras expropiadas ilegalmente. En 2012, la Corte Suprema de Corea del Sur dictaminó que las empresas niponas involucradas en los trabajos forzados deben indemnizar a los familiares de las víctimas.

En 2015, Japón creó un fondo de 9 millones de dólares para las mujeres de solaz, después de que en 2014 firmara un tratado “irreversible y final” con Corea del Sur al respecto. Sin embargo, no valió para nada. Moon Jae In lo suspendió de forma unilateral. Aunque el sufrimiento del pueblo coreano es innegable, desde la perspectiva nipona se preguntan: ¿Qué más queréis?

 

esclavas sexuales corea conflicto japon

Estatua en homenaje a las esclavas sexuales en Seúl. Fuente: Maina Kiai | Licencia Creative Commons

Guerra comercial

A pesar de los datos que abrían este texto, durante el verano de 2019 tuvo lugar una guerra comercial que marcó de nuevo su relación. En agosto de 2019, Japón sacó a Corea del Sur de su “white list” de socios comerciales preferentes. Pero, ¿qué puede llevar a un país a castigar así a su tercer mayor socio comercial? Las heridas sin cerrar.

Mientras Corea del Sur es líder mundial en fabricación de chips, Japón lo es en la fabricación de los materiales para producirlos. De modo que las exportaciones de Japón a Corea del Sur son clave: poliamida fluorada, fluoruro de hidrógeno y fotoprotectores, principalmente. Son materiales imprescindibles para fabricar semiconductores y pantallas de smartphones, pero también son elementos que se pueden usar con fines militares, como el enriquecimiento de uranio para crear armas nucleares (VisualPolitik, 2019).

Después de años exportando esto, Japón dijo que “no podía estar seguro de que esos materiales no terminaban en manos de Corea del Norte”. Por supuesto, enseguida se supo que era una excusa. Que en realidad Japón estaba aplicando el castigo comercial como forma de decir “estamos hartos de vuestras exigencias”. Esta guerra supone más burocracia y costes de importación para Corea del Sur, pero a la larga ambos países salen perdiendo. De hecho, en septiembre fue Corea del Sur quien eliminó a Japón de su lista de socios preferentes. Aunque después Japón concedió la venta de fotoresistentes a Samsung mediante un proceso más lento, las relaciones bilaterales todavía no se han recuperado de este golpe.

¿A dónde lleva el (anti)nacionalismo?

Hay más elementos que unen y asemejan a ambos países que aquellos que los separan. Empezando por problemas internos como el estancamiento económico, las bajas tasas de natalidad, y el envejecimiento. Internacionalmente, ambos se enfrentan a la amenaza de Corea del Norte y la alargada sombra de China, además de tener el mismo aliado estratégico: EE. UU. De hecho, este mismo mes se reunieron los jefes de inteligencia de Japón, Corea del Sur y Estados Unidos para conversar sobre el conflicto norcoreano. 

No obstante, parece que cualquier excusa es buena para alimentar las rencillas. Por poner solo dos ejemplos, las maniobras militares surcoreanas junto al archipiélago de Takeshima/Dokdo suscitaron tensiones con Japón en 2019. En 2021, es Corea del Sur quien a través de uno de sus sindicatos denuncia la decisión de Japón de descargar al océano agua contaminada de la planta nuclear de Fukushima.

En un estudio de 2019 se estimó que un 74% de los japoneses desconfía de los coreanos, mientras que un 75% de los coreanos desconfía de los japoneses. Se enfrentan dos nacionalismos exacerbados en el que unos defienden su dignidad y otros protegen su orgullo.

Desde una perspectiva histórica, se entiende que el pueblo coreano quiera restaurar su historia (durante la ocupación japonesa se quemaron más de 200.000 libros de historia coreanos para ser reescritos).

No hay que olvidar que hasta hace unos pocos años, el soft power e influencia internacional de Japón superaba con creces al surcoreano, y con él, viajaba su versión de la historia. Ahora con el auge del soft power surcoreano a través de la moda, la cosmética, el kpop, la tecnología y los productos audiovisuales, su versión de la historia empieza a tener cabida internacional.

Control del relato en el conflicto entre Japón y Corea

Sin embargo, Japón no va a dejar atrás su versión de los hechos. Ahora el nacionalismo japonés es tema candente por la publicación final del manga Attack of Titan (Shingeki No Kyojin). Sería difícil de explicar sin spoilers el porqué de sus paralelismos con la historia japonesa y por qué los surcoreanos están enfadados al respecto. Pero sí podemos decir que no es la primera vez que sucede. El discurso nacionalista de ultraderecha lleva instalado en la comunidad manga desde, mínimo, los años 90, siendo Yoshinori Kobayashi uno de los más controvertidos mangakas al respecto.

El manga es uno de los más poderosos instrumentos de soft power de Japón, y si en sus entrañas se esconde el discurso revisionista, negacionista y nacionalista, el conflicto entre Japón y Corea no va a cerrarse, sino traspasarse de generación en generación. Y lo que es más importante, puede exportarse a los millones de personas que consumen manga y anime, perpetuando todavía más la controversia a través de la opinión pública internacional.

La enemistad ancestral de estas dos potencias asiáticas parece lejos de querer solucionarse, pese a las enormes ventajas que obtendrían de ser buenos aliados. Durante 2020 Corea del Sur hizo unos cuantos acercamientos a la isla, pero la nueva administración de Yoshihide Suga no está respondiendo positivamente. The Diplomat incluye entre una de las posibles razones el rechazo de la población japonesa hacia los coreanos. Les tienen tanta simpatía como a los chinos (poca), pero al contrario que con aquellos, sí consideran que las relaciones de Japón con China son importantes, mientras que las relaciones con Corea del Sur no.
El tiempo dirá si tienen razón.