Eurovisión, música y política en el festival de la canción
Con una audiencia de más cien de millones de personas, Eurovisión no deja indiferente a nadie. Hay espectadores que muestran su insatisfacción con los resultados y culpan al concurso de estar más influido por la política que por la música.
Por Daniel Laiz
19 de mayo de 2021

Eurovisión no es solo música

La frontera entre música y política es muy difusa y, en ocasiones, inexistente

 

 

Eurovision politica

  Preparación del escenario de Eurovisión 2021 en Róterdam. Fuente: EBU | Stijn Smulders | Licencia Creative Commons

 
El Festival de la Canción de Eurovisión reúne a artistas de todos los estados miembros de la Unión Europea de Radiodifusión (UER) cada año desde 1956. Incluso el año pasado, a pesar de la cancelación de las galas en directo a causa de la pandemia de coronavirus, se realizó una gala donde los cantantes interpretaron sus temas desde sus respectivos países.
 
Con una audiencia de más cien de millones de personas, el festival no deja indiferente a nadie. Por ejemplo, hay espectadores que muestran su insatisfacción con los resultados y culpan al concurso de estar más influido por la política que por la música. A continuación, comentaremos algunos de los sucesos más destacados que han ocurrido en los últimos años.
 

Un altavoz para las reivindicaciones

Las reglas de Eurovisión prohíben las letras de naturaleza política y los mensajes que promuevan cualquier organización o causa política. El incumplimiento de esta norma conlleva la descalificación del certamen. A pesar de esta amenaza, Eurovisión no ha conseguido evitar que, en más de una ocasión, las connotaciones políticas se hayan colado en las del festival.

Los representantes de Georgia en 2009, Stephane & 3G, acapararon todos los focos antes de pisar el escenario de Eurovisión, al que nunca llegaron. Su canción, We Don’t’ Wanna Put In, fue vista como una provocación a la nación anfitriona: Rusia. Estando las relaciones entre estos países en uno de sus peores momentos, se creía que el título y la letra de la canción eran una ofensa contra el mandatario Vladimir Putin (Westbrook, 2015).

Por lo tanto, la UER pidió a la emisora georgiana que cambiara la letra o seleccionara una nueva canción, petición que fue rechazada. Por ende, Georgia se vio obligada a retirarse (Jonze, 2009). Once años después, la historia se repite: este mismo año la UER ha descalificado a Bielorrusia por los mismos motivos.

Siguiendo en el ámbito de los países exsovieticos, no nos podemos olvidar de Ucrania. Fue representada en 2007 por Verka Serduchka y el tema Dancing Lasha Tumbai. En dicha canción, se repetían constantemente las palabras inventadas lasha tumbai las cuales, debido a su similitud con la frase Russia goodbye, fueron vistas como una provocación al país vecino.

Nueve años después, la tensión entre Rusia y Ucrania volvió a trasladarse al festival. La representante ucraniana fue Jamala con la balada 1944, que versa sobre la deportación de los tártaros de Crimea en la década de los 40 por parte de la Unión Soviética.

En esta ocasión, la UER no solicitó a la televisión ucraniana que cambiara su canción a pesar de las quejas de medios rusos por el presunto uso político que Ucrania le estaba dando a su canción. Finalmente, Ucrania se llevó el ansiado micrófono de cristal por segunda vez en su historia. La votación pasará a los anales de la historia del festival, pues el representante ruso, Serguéi Lázarev, el gran favorito de la edición, tuvo que ver cómo en los últimos instantes de las votaciones Ucrania le arrebataba la victoria.

Por otro lado, hay ocasiones en las que un discurso político en Eurovisión intenta más unificar que crear tensión. Un buen ejemplo es la primera victoria de Alemania, conseguida por Nicole y Ein bisschen Frieden (Un poco de paz) en 1982, es considerada un canto a la concordia frente a la tensión que se vivía en ese momento en el mundo a causa de la Guerra Fría o la guerra de las Malvinas. (Muldoon, 2015). No debería haber, en estos casos, una oposición a que se muestren mensajes que llamen a la concordia.

Otro caso paradigmático fue la segunda victoria de Italia en 1990. El tema Insieme: 1992 (Juntos: 1992), interpretado por Toto Cutugno, fue visto como un himno a la unidad en una Europa de naciones dispares (The Eurovision Times, 2012).

 

Jamala Eurovision

La cantante ucraniana Jamala celebrando su victoria en la edición de 2016. Fuente: EBU | Licencia Creative Commons

 

Un escenario convertido en campo de batalla

Las malas relaciones entre Armenia y Azerbaiyán también se trasladan al certamen. Tal es su enemistad que Azerbaiyán nunca ha votado a Armenia desde su debut en 2008. Armenia, por su parte, solamente le ha otorgado un punto, en 2009.

Además, en la edición de 2012, celebrada en Bakú, la delegación armenia optó por retirarse, alegando que su seguridad no estaría garantizada. Tres años después, Armenia tuvo que cambiar el título de su canción. Esta, originalmente llamada Don’t Deny, se convirtió en tema de debate debido a los mensajes ocultos que instaban al reconocimiento genocidio armenio en el centenario de este acto vergonzoso de la historia de la humanidad. En respuesta, las autoridades azerís criticaron la canción por su carácter político (Trend, 2015). Finalmente, el tema participó bajo el título de Face the Shadow.

Otro de los episodios que dio protagonismo a la política en detrimento de la música se vivió en 2016. Iveta Mukuchyan, la representante armenia, fue grabada en la primera semifinal ondeando la bandera de Nagorno Karabaj. Esta región, que se independizó de Azerbayán en 1994 con la ayuda de Armenia, sigue siendo un foco de conflicto entre ambos países.

Ese mismo año, la televisión pública sueca (SVT), que ejercía como organizadora de la edición, elaboró una lista con las banderas que no se podían mostrar durante las retransmisiones de las galas (Fuster, 2016). En ella se encontraba la de Nagorno Karabaj junto a la de Kosovo o Crimea, entre otras. Como consecuencia el ente público armenio fue multado por la UER tras las criticas de varios medios, mayoritariamente azeríes (Halpin, 2016).

LGTBI

La influencia del colectivo LGTBI en el certamen es innegable y necesaria para promover avances en esta causa. La victoria de Israel en 1998 supuso un antes y un después en Eurovisión. La intérprete transexual Dana Internacional y su mítico tema Diva se convirtieron en un símbolo de la tolerancia y respeto a la diversidad. Desde entonces han sido numerosas las candidaturas que han elegido introducir referencias al colectivo como muestra de apoyo. 

La candidatura finlandesa de 2013, Marry Me, interpretada por Krista Siegfrids fue una de las actuaciones más sonadas y comentadas de la edición. Al final de su actuación, la cantante se besó con una de las bailarinas. Esto provocó las quejas de países como Turquía o Grecia, que argumentaron que el país escandinavo rompió la regla en cuanto a gestos políticos (Wyatt, 2013).

Para más inri, la televisión turca, aunque no participó ese año, canceló la retrasmisión del certamen. El ente público turco aludió a los bajos índices de audiencia, pero posteriormente se afirmó que fue debido al furor social por el beso (Morgan y Littauer, 2013). Turquía, de hecho, no ha vuelto a participar en el certamen.

Este tipo de declaraciones políticas, sin embargo, no deberían prohibirse en las actuaciones de Eurovisión si su objetivo es acabar con la discriminación de un colectivo. La misma Krista afirmó que no consideraba su canción como un discurso político, sino como un canto al amor, cuyo fin era hacer saber que el matrimonio homosexual no estaba legalizado en Finlandia por entonces (Glennie, 2013). Por otro lado, no nos podemos olvidar de la victoria de Austria con Conchita Wurst y su Rise Like a Phoneix en 2014, que se convirtió en un referente de la lucha contra la homofobia.

 

Eurovision LGTBI

Conchita Wurst, en el Parlamento Europeo. Fuente: European Parliament | Licencia Creative Commons

Intercambio de votos – This is Madrid calling

Los patrones de votación en el festival también provocan que se escriban ríos de tinta sobre la politización del este. Como afirma Javier Escartín, corresponsal de ABC, «no se puede negar que desde la llegada del televoto, los puntos de otorgan los países están influenciados por diversos aspectos sociales, políticos y geográficos» (Ortiz Montero, 2016). Los famosos twelve points de Chipre a Grecia o de Bielorrusia a Rusia son un claro ejemplo de esta tendencia.

Sin embargo, este hecho no es decisivo en lo que respecta a los resultados finales. Si todos los votos que se reciben cada edición solo se basasen en aspectos geopolíticos, los resultados no cambiarían de un año a otro.

Desde el año 2000 al 2019 han ganado diecisiete países, de los cuales solo ha repetido victoria Dinamarca, Suecia y Ucrania. De hecho, Portugal, país con pocos vecinos que puedan votarle, obtuvo su primera victoria de forma contundente con 758 puntos, la máxima puntuación de la historia del certamen. Volviendo a citar a Escartín, «la canción que gana no lo hace solamente por asuntos políticos o geográficos, sino porque simplemente es la que más gusta entre los 150 millones de espectadores que ven el festival».

Eurovision televoto

Momento en el que se muestran los votos del jurado albanés en la edición de 2018. Fuente: AXBM | Licencia Creative Commons

 

Parle-vous anglais?

Originalmente, era obligatorio que cada país enviase una canción escrita en una de sus lenguas nacionales. Esta regla se modificó en 1999 para permitir la elección del idioma. Esto ha provocado que la mayoría de los participantes opten por utilizar el inglés (The Economist, 2013).

Esto es, sin duda, otra influencia que ejercen factores extramusicales en el certamen. Aunque haya países reticentes a usar la lengua de Shakespeare, como España, Italia, Francia, y Portugal, estos acaban siendo una minoría e incluso han acabado eligiendo temas cantados entera o parcialmente en inglés. Este mismo año, Portugal enviará por primera vez en su historia una canción cantada en inglés y no en portugués, Love is on my Side, interpretada por The Black Mamba.

Hay quienes sostienen que se deberían utilizar las lenguas nacionales, pues es una forma de mostrar la cultura de los países participantes. François-Michel Gonnot, legislador francés, presentó una denuncia oficial en el Parlamento en la que criticaba a la televisión francesa por haber escogido una canción escrita en inglés (Simon, 2021).

Un caso similar ocurrió en 2016 en España. La madrileña Barei fue elegida con una canción escrita íntegramente en inglés (Say Yay!). Fue la primera vez en la que el español no se escuchó en el festival desde el debut de España en 1961. Esta elección recibió fuertes criticas, como la de José María Merino, miembro de la RAE. El autor de La orilla oscura calificó la elección de estúpida, teniendo en cuenta que el español es un idioma hablado por 500 millones de personas (Rico, 2016).

No hay visos de que esta tendencia vaya a cambiar por la propia voluntad de las televisiones participantes. Si se quiere volver a un escenario donde confluyeran las diferentes lenguas de Europa, la UER debería introducir cambios en la normativa vigente.

Sin embargo, estos últimos años sí ha habido casos de canciones no escritas en inglés que han obtenido la victoria. Esto se ha traducido en un cierto interés al año siguiente por parte de las televisiones en optar por sus lenguas nacionales. Por ejemplo, en 2008, tras la victoria de Serbia, y en 2018, tras la victoria de Portugal, se observa un ligero descenso en las canciones cantadas en inglés.

Este año, dos de las favoritas, Suiza y Francia, han elegido temas interpretados en francés. Como curiosidad, desde el Ne partez pas sans moi, de Céline Dion en 1988 no gana una canción en francés. ¿Volverá Eurovisión a hablar francés tal y como se preguntaban las Baccara en 1978 con su tema Parlez-vous français??

Así pues, podría afirmarse que, si Eurovisión no se mete en política, la política llegará a Eurovisión. Hemos mencionado solo unos casos que ejemplifican cuán difusa es la frontera entre estas dos realidades. Es extremadamente complejo que en un concurso donde confluyen tantos Estados y, por ende, tantos intereses (el primero de todos, obtener la victoria), los factores políticos, geográficos y sociales no se tengan en cuenta.

No obstante, esta coexistencia de música y política no ha impedido que Eurovisión siga siendo uno de los programas más vistos del mundo y que el interés por él haya crecido exponencialmente en los últimos años. Tal ha sido su expansión que EE. UU. pondrá en marcha una adaptación de este el próximo año, The American Song Contest (RTVE, 2021). En él participarán los cincuenta estados del país ¿Jugará también la política un papel fundamental en la versión estadounidense?